miércoles, 16 de mayo de 2012

La foto para la semana 2

Después de buscar mucho y encontrar muchas fotos más que interesantes, me decidí por esta. El asunto de elegir una foto para inspirar a que los otros escriban no es cosa fácil, hasta viví un duelo tras descartar algunas fotos que me encantaron, pero creo que esta foto habla mucho y se presta para distintas interpretaciones y miradas. El fotografo que la tomó se llama Pierre Belhassen y la foto pertenece a su exposición Retratos. Espero que esta imagén les toque fibras y les estimule la creatividad y las manos sobre el teclado.



lunes, 14 de mayo de 2012

Perturbadora


Desde que la conozco me he percatado que a Matilda le gusta perturbar. Diría que es su pasatiempo, su breve resistencia, algo así como un reclamo y también una sacudida. Eso que hace es como ese ruido con los pies que quiere hacer Nicanor Parra. En algunas conversaciones me ha dejado entrever que desde pequeña le ha atraído lo anormal, aquello que no encaja, que está fuera tono. En todo lo que a simple vista pudiera parecer perfecto, ella encuentra el detalle disonante, pero cabe decir que no es aquello evidente, es precisamente lo mínimo, lo que tímidamente se asoma lo que a ella le fascina mirar y hacer notar. Definitivamente es una obsesa con eso, ella sostiene que es justo la naturaleza casi imperceptible de los detalles, lo que les otorga una presencia callada, tan quieta como incómoda. Para ella son señales de que algo no se debe olvidar, de que algo intrínseco es inevitable negar. Es por eso que Matilda pudo notar desde la distancia una chispita de aceite posada en el vestido blanco de lunares azules de la sífrina del piso 5. Asimismo no puede dejar de mirar el ligero abultamiento de la fosa nasal izquierda de la Sra. Fernanda, la del abasto. La semana pasada vio como el zapato derecho de Andrés, el compañero de clase que se sienta en la segunda fila cerca de la ventana, fue pulido con más esmero que el izquierdo. No la satisface tanto ver el detalle como hacerle ver al portador del mismo la presencia de éste. Otras veces es ella, la que se encarga de lucir y llevar consigo un detalle disonante. De modo que puede salir a la calle con nueve uñas de sus manos pintadas de rojo fuego y una de rojo pasión o puede tejerse en el cabello dos criznejas y dejarse una dos centímetros más larga que la otra, también puede llevar una camisa de botones blancos entre los cuales se encuentra uno amarillo. Claro, es necesario mencionar que no siempre logra su cometido, el de perturbar, pues no todos son iguales de obsesos que ella y los pequeños detalles pasan desapercibidos o son ignorados aunque ella los resalte. A mi parece evidente que Matilda se esfuerza mucho, que se aferra a la excusa de encontrar lo mínimo como señal de algo que quiere olvidar, como signo de que algo intrínseco intenta negar. Matilda huye desde hace mucho tiempo, de algo perfecto y mucho más grande que sus detalles disonantes, puede que huya del dolor o quizás de la muerte, eso no lo sé. Lo único que puedo mostrarles de Matilda es esta foto, se la hizo ella misma, la actuó ella misma, encuentren ustedes el detalle disonante y vayan conociendo a Matilda.





Primer texto del Proyecto Literario Letras Instántaneas.

miércoles, 29 de febrero de 2012

Cápsula de placer*


Es tan agradable saber que voy al invernadero, ya esa sola certeza hace que después del trabajo me deslice entre las calles y no me importe el corneteo de los autos y ese tumulto sudoroso de intolerable rostro sobreviviente. En el invernadero me es grata la vida, disfruto de aquello que medianamente puedo controlar. En el huerto y las flores me sostengo, es en este momento en lo que creo, por lo que me esfuerzo. Es mi tonta manera de resistir. Invernadero, cápsula de placer. Mis antiguos compañeros de lucha me acusan de ser un deprimente ex anarquista y me llaman en tono burlón “el New Age”, me río de sus chistes pasivamente, ya las ideologías y las fuerzas se me han escurrido de la conciencia, las decepciones y contradicciones han terminado por domarme y me han empujado a una corriente mansa, sorda, indiferente, por la que floto y me dejo llevar.  Dudo del poder de acusación de aquel que me señala, es muy fácil olvidar la renuncia y aceptar que todos terminamos abandonando algo. Mejor hablar y pensar en el invernadero, mi dimensión bien conocida, mi incubadora marca Aquinopasanada.  Tengo el invernadero gracias a mi abuela, que me enseñó a sembrar así como ella lo hacía en el campo, bajo los mandatos de la luna y sus inquietas formas. En el invernadero recreo con cada planta las historias que mi abuela me contaba, las plantas llegan a ser las personas y los escenarios. Cuando anochece el invernadero queda tan oscuro que pareciera que no existiera la luz en el mundo, entonces imagino el campo donde mi abuela creció bajo la luz de las velas y los fogones y todos los temores y supersticiones que traía la noche. Imagino a mi abuela metida en las faldas de su madre mientras afuera el Carretón con su figura espectral espantaba a los insomnes que no le temían a la noche y a la parranda. Y aquí estoy yo, metido entre las faldas del invernadero, con estos recuerdos e imaginaciones que le dan otro aire, a su silencio cuadrado, a su naturaleza de triste refugio. Aquí cultivo la vida como un sutil y confiado andar hacia la muerte, aquí evaporo las interrogaciones y cabo con esmero el hueco donde he de sembrarme.  

*Texto de la semana 26 del Proyecto Las 3 Variables. 

miércoles, 11 de enero de 2012

Doña Martina*


La dorada desesperación del sol brilla entre las rendijas, la anciana se apresura a abrir puertas y ventanas para dejar pasar el día con su estrépito desorden. Los hijos y nietos se van levantando, mientras otros llegan y se agregan a las tareas necesarias para la fiesta. «Algo trama la abuela» decían entre risas y picardías ante una fiesta que no coincidía con fechas célebres. Ninguno acertó su hipótesis. Llegada la hora, la anciana se levanta de la mesa y anuncia: «Queridos, siendo la felicidad un valor tradicional importante para la familia, les anuncio que me caso». Así fue como Doña Martina se casó con el Sr. Eusebio a sus 89 años. 

*Texto para el Proyecto Las 3 Variables de la semana 19. 

Como cruje la tierra


Anoche crují, como cruje la tierra ante la aridez. La niña llora, es un llanto que rebota en las paredes, que se arrastra por el piso y prueba la tierra, las migas de comida que las hormigas traen. La niña llora otra vez y no sé en que parte de mi cuerpo se encuentra. Trato de acallarla pero me doy cuenta que los demás la miran en el temblor de mis manos, en mi voz pueril, en mi olor a orine o las trenzas desamarradas de mis zapatos. Anoche crují, como cruje la tierra ante la aridez. No sé con qué fuerza vine a la oficina, si me miran de reojo y algunos muestran temor ante mi presencia. Todo este ruido de máquinas, el olor de papel y café entremezclados, el abrir y cerrar de gavetas, el lápiz deslizándose por la hoja, el anuncio de la llegada del ascensor me hacen olvidar de a ratos a la niña, me dan la seguridad de que el caos puede funcionar ordenadamente. Aquí juego a equivocarme para el castigo, aquí la culpa toma sentido. Vengo para la oficina porque no puedo estar sola, porque necesito al otro que me acuse de culpable y así alivie las preguntas. Anoche crují, como cruje la tierra ante la aridez. He derramado el café, sobre la mancha negra me inclino y me reflejo, lo que vi de mí no es lo que conozco. Entonces el llanto de la niña fue cediendo paso a una risilla, contenida y vengativa. Me levanté despavorida y mi sombra ya no es mi sombra. Anoche crují, como cruje la tierra ante la aridez.