Después de buscar mucho y encontrar muchas fotos más que interesantes, me decidí por esta. El asunto de elegir una foto para inspirar a que los otros escriban no es cosa fácil, hasta viví un duelo tras descartar algunas fotos que me encantaron, pero creo que esta foto habla mucho y se presta para distintas interpretaciones y miradas. El fotografo que la tomó se llama Pierre Belhassen y la foto pertenece a su exposición Retratos. Espero que esta imagén les toque fibras y les estimule la creatividad y las manos sobre el teclado.
miércoles, 16 de mayo de 2012
La foto para la semana 2
Publicado por
Anaís Barrios Flores
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9:34 p. m.
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Letras Instantáneas
lunes, 14 de mayo de 2012
Perturbadora
Desde que la conozco me he percatado que a Matilda le gusta
perturbar. Diría que es su pasatiempo, su breve resistencia, algo así como un
reclamo y también una sacudida. Eso que hace es como ese ruido con los pies que
quiere hacer Nicanor Parra. En algunas conversaciones me ha dejado entrever que
desde pequeña le ha atraído lo anormal, aquello que no encaja, que está fuera
tono. En todo lo que a simple vista pudiera parecer perfecto, ella encuentra el
detalle disonante, pero cabe decir que no es aquello evidente, es precisamente
lo mínimo, lo que tímidamente se asoma lo que a ella le fascina mirar y hacer
notar. Definitivamente es una obsesa con eso, ella sostiene que es justo la
naturaleza casi imperceptible de los detalles, lo que les otorga una presencia callada,
tan quieta como incómoda. Para ella son señales de que algo no se debe olvidar,
de que algo intrínseco es inevitable negar. Es por eso que Matilda pudo notar
desde la distancia una chispita de aceite posada en el vestido blanco de
lunares azules de la sífrina del piso 5. Asimismo no puede dejar de mirar el
ligero abultamiento de la fosa nasal izquierda de la Sra. Fernanda, la del
abasto. La semana pasada vio como el zapato derecho de Andrés, el compañero de
clase que se sienta en la segunda fila cerca de la ventana, fue pulido con más
esmero que el izquierdo. No la satisface tanto ver el detalle como hacerle ver
al portador del mismo la presencia de éste. Otras veces es ella, la que se
encarga de lucir y llevar consigo un detalle disonante. De modo que puede salir
a la calle con nueve uñas de sus manos pintadas de rojo fuego y una de rojo
pasión o puede tejerse en el cabello dos criznejas y dejarse una dos centímetros más larga
que la otra, también puede llevar una camisa de botones blancos entre
los cuales se encuentra uno amarillo. Claro, es necesario mencionar que no
siempre logra su cometido, el de perturbar, pues no todos son iguales de
obsesos que ella y los pequeños detalles pasan desapercibidos o son ignorados
aunque ella los resalte. A mi parece evidente que Matilda se esfuerza mucho,
que se aferra a la excusa de encontrar lo mínimo como señal de algo que quiere
olvidar, como signo de que algo intrínseco intenta negar. Matilda huye desde
hace mucho tiempo, de algo perfecto y mucho más grande que sus detalles
disonantes, puede que huya del dolor o quizás de la muerte, eso no lo sé. Lo
único que puedo mostrarles de Matilda es esta foto, se la hizo ella misma, la actuó
ella misma, encuentren ustedes el detalle disonante y vayan conociendo a Matilda.
Primer texto del Proyecto Literario Letras Instántaneas.
Publicado por
Anaís Barrios Flores
en
1:26 p. m.
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Microcuento
miércoles, 29 de febrero de 2012
Cápsula de placer*
Es tan agradable
saber que voy al invernadero, ya esa sola certeza hace que después del trabajo me
deslice entre las calles y no me importe el corneteo de los autos y ese tumulto
sudoroso de intolerable rostro sobreviviente. En el invernadero me es grata la
vida, disfruto de aquello que medianamente puedo controlar. En el huerto y las
flores me sostengo, es en este momento en lo que creo, por lo que me esfuerzo.
Es mi tonta manera de resistir. Invernadero, cápsula de placer. Mis antiguos
compañeros de lucha me acusan de ser un deprimente ex anarquista y me llaman en
tono burlón “el New Age”, me río de sus chistes pasivamente, ya las ideologías
y las fuerzas se me han escurrido de la conciencia, las decepciones y
contradicciones han terminado por domarme y me han empujado a una corriente
mansa, sorda, indiferente, por la que floto y me dejo llevar. Dudo del poder de acusación de aquel que me
señala, es muy fácil olvidar la renuncia y aceptar que todos terminamos
abandonando algo. Mejor hablar y pensar en el invernadero, mi dimensión bien
conocida, mi incubadora marca Aquinopasanada. Tengo el invernadero gracias a mi abuela, que
me enseñó a sembrar así como ella lo hacía en el campo, bajo los mandatos de la
luna y sus inquietas formas. En el invernadero recreo con cada planta las
historias que mi abuela me contaba, las plantas llegan a ser las personas y los
escenarios. Cuando anochece el invernadero queda tan oscuro que pareciera que
no existiera la luz en el mundo, entonces imagino el campo donde mi abuela creció
bajo la luz de las velas y los fogones y todos los temores y supersticiones que
traía la noche. Imagino a mi abuela metida en las faldas de su madre mientras
afuera el Carretón con su figura espectral espantaba a los insomnes que no le
temían a la noche y a la parranda. Y aquí estoy yo, metido entre las faldas del
invernadero, con estos recuerdos e imaginaciones que le dan otro aire, a su
silencio cuadrado, a su naturaleza de triste refugio. Aquí cultivo la vida como
un sutil y confiado andar hacia la muerte, aquí evaporo las interrogaciones y
cabo con esmero el hueco donde he de sembrarme.
*Texto de la semana 26 del Proyecto Las 3 Variables.
Publicado por
Anaís Barrios Flores
en
9:34 a. m.
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Relatos
miércoles, 11 de enero de 2012
Doña Martina*
La dorada desesperación del sol brilla entre las
rendijas, la anciana se apresura a abrir puertas y ventanas para dejar pasar el
día con su estrépito desorden. Los hijos y nietos se van levantando, mientras
otros llegan y se agregan a las tareas necesarias para la fiesta. «Algo trama la abuela» decían entre risas
y picardías ante una fiesta que no coincidía con fechas célebres. Ninguno
acertó su hipótesis. Llegada la hora, la anciana se levanta de la mesa y
anuncia: «Queridos, siendo la felicidad un valor tradicional importante para la
familia, les anuncio que me caso». Así fue como Doña Martina se casó con el Sr.
Eusebio a sus 89 años.
*Texto para el Proyecto Las 3 Variables de la semana 19.
Publicado por
Anaís Barrios Flores
en
5:20 p. m.
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Como cruje la tierra
Anoche crují, como
cruje la tierra ante la aridez. La niña llora, es un llanto que rebota en las
paredes, que se arrastra por el piso y prueba la tierra, las migas de comida
que las hormigas traen. La niña llora otra vez y no sé en que parte de mi
cuerpo se encuentra. Trato de acallarla pero me doy cuenta que los demás la
miran en el temblor de mis manos, en mi voz pueril, en mi olor a orine o las
trenzas desamarradas de mis zapatos. Anoche crují, como cruje la tierra ante la
aridez. No sé con qué fuerza vine a la oficina, si me miran de reojo y algunos
muestran temor ante mi presencia. Todo este ruido de máquinas, el olor de papel
y café entremezclados, el abrir y cerrar de gavetas, el lápiz deslizándose por
la hoja, el anuncio de la llegada del ascensor me hacen olvidar de a ratos a la
niña, me dan la seguridad de que el caos puede funcionar ordenadamente. Aquí
juego a equivocarme para el castigo, aquí la culpa toma sentido. Vengo para la
oficina porque no puedo estar sola, porque necesito al otro que me acuse de
culpable y así alivie las preguntas. Anoche crují, como cruje la tierra ante la
aridez. He derramado el café, sobre la mancha negra me inclino y me reflejo, lo
que vi de mí no es lo que conozco. Entonces el llanto de la niña fue cediendo
paso a una risilla, contenida y vengativa. Me levanté despavorida y mi sombra ya
no es mi sombra. Anoche crují, como cruje la tierra ante la aridez.
Publicado por
Anaís Barrios Flores
en
9:55 a. m.
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